Archive - 2010

1
Deshumanizando
2
El lujo
3
La paridad

Deshumanizando

Nuestros viajes han dejado de ser aventuras románticas o deliciosas experiencias de otros mundos. Nos agolpamos como ganado en colas y salas de espera y nos calzan como embutido en unos asientos de avión donde llegas comprimido.

La crianza de gallinas en corrales y al aire libre es cada vez más escasa. Nos dedicamos a la cría intensiva en naves industriales. Amontonamos a esos pobres animales en jaulas en las que no se pueden mover. Les cortamos el pico. Los inflamos a antibióticos y ni siquiera les dejamos disfrutar de la luz del día.

Ayer visité una piscifactoría. Como es habitual, prima el criterio productivista. Más de cuatrocientos mil peces apiñados en una jaula dan para mucho. Se les alimenta con 21 toneladas de pienso cada día en la época estival, frente a nuestras mejores playas. Grandes números, grandes consumos, supongo que grandes beneficios, y a veces ni siquiera, pero por intentarlo que no quede…

La arquitectura también ha dejado de hacerse a escala humana. El refinamiento de los edificios clásicos, esas volutas, esas esculturas, esas rejas, esas baldosas, que lucen por puro placer visual, sin mayor utilidad que el gusto por la belleza, aunque… ¿qué hay más útil que cultivar el espíritu?

La agricultura se ha convertido en una máquina de conceder caprichos en la que podemos comer cerezas en enero y naranjas en agosto. Sin sabor, pero da igual, tienen el color y la forma.

Y con el dinero ha pasado lo mismo; también nos movemos en ese terreno de lo aparente, de lo irreal. No nos bastaba controlarlo para poder vivir dignamente, el crédito ha tenido que circular a raudales, a lo bestia, hasta romper el equilibrio de las pequeñas y sensatas economías de las familias.

¿Ganamos o perdemos calidad de vida? Cuestión de rentabilidad monetaria ¿único criterio? ¿hasta cuándo?

El lujo

ALGUNAS personas piensan que el lujo consiste en hospedarse en hoteles de cinco estrellas, tener relojes de oro, yates y accesorios de grandes marcas. Sin embargo, este concepto se está quedando anticuado y cada vez somos más los que consideramos que el lujo tiene mucho más que ver con los grandes espacios, el silencio, la naturaleza en estado virgen y disponer de tiempo para uno mismo.

El mundo se está convirtiendo en una gran megalópolis. El hecho de vivir en una sociedad mayoritariamente urbana y consumista es algo nuevo para la humanidad. Si hace cuarenta años existían dos ciudades de más de diez millones de habitantes, hoy podemos contar más de treinta. Vivimos una orgía permanente de consumo. Somos bulímicos porque más que consumir nos consumimos, nos devoramos, no nos privamos de nada. Si hace falta comer cerezas en el mes de enero, las traeremos de la otra parte del mundo, sin percatarnos de que estas actitudes contaminan y perjudican nuestro entorno.

Yo soy la primera llena de contradicciones y dudas pero tengo una sola certeza: la gravedad de la crisis ecológica es tan grande, que es urgente convencer a la gente que ha llegado la hora de que todos juntos pongamos límites al exceso, que lo superfluo pase a ser considerado de mal gusto, inmoral. ¿Realmente seríamos menos felices si sólo pudiéramos consumir productos locales y de temporada? ¿Y si nuestros coches no pudieran ir a más de 100 de Km/hora? Estoy segura que esas renuncias no afectarían a nuestro bienestar. Pero para decidir entre todos pactar algún límite a nuestra esquizofrenia consumista habrá que cambiar nuestro concepto del lujo, volver a una sencillez voluntaria, a una sobriedad feliz.

Como decía Kennedy, escépticos y cínicos nunca resolverán los problemas del mundo. Se necesitarán hombres que digan ¿Y por qué no?

La paridad

Publicación original (ABC) el 1 de diciembre de 2010

Me presento a las próximas elecciones municipales de mayo del 2011 con un partido de ciudadanos independientes de mi municipio, Altea. La ley de paridad electoral nos obliga a presentar el mismo número de hombres que de mujeres en las listas electorales. Es una forma de garantizar que estas últimas estén representadas en la proporción que les corresponde, el cincuenta por ciento.

Mucha gente considera inapropiado forzar las cosas porque aducen que las mujeres tienen que llegar «por sus propios méritos», sin tener en cuenta que, teniéndolos, y siendo en muchas ocasiones más capaces, el problema es que no pueden llegar a los puestos que les corresponden porque existe un techo de cristal en todos los ámbitos sociales y profesionales: Sólo un 7% de mujeres llegan a ser miembros de tribunales de justicia de alto escalafón y tan solo un 3% presidentes de grandes empresas.

Si no existiera esta ley los parlamentos y municipios se despoblarían de mujeres. En la civilizada Francia solo hay un 12%, pero es que en Inglaterra tan solo un 18% y en Italia un 11%. Por tanto, parece una ley necesaria porque acelera un proceso de integración, ya que si lo dejásemos fluir de forma natural, se produciría mucho más tarde. El cambio de mentalidad es lento, y no debemos permitir que se pierdan generaciones enteras de talento femenino.

Ahora bien, en mi caso particular, esta ley nos perjudica mucho porque toda nuestra lista electoral la componen mujeres. Debido a esta ley, que impone contar con un 50% de hombres, tendré que renunciar a la mitad de ellas. Aún así, sigo apostando por ella porque no es más que la excepción que confirma la regla. En el resto de partidos políticos, la tendencia, si no existiera, sería la de siempre, una presencia testimonial del género femenino.

Copyright © 2019 All Rights Reserved - Powered by La web lúcida