Archive - octubre 2014

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Viajar en primera
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¿De quién es la hora?

Viajar en primera

Que Artur Mas viajase en clase turista en lugar de en primera fue noticia. Su primer espada, Oriol Pujol, declaraba a los periódicos que volar de Barcelona a Madrid renunciando a ese privilegio era una muestra más de la voluntad de austeridad. En vuelos nacionales, la única diferencia entre primera y segunda clase está en la cortinilla que separa tu status de privilegiado de la “plebe” de atrás. Por estar sentado en el mismo asiento, te cobran tres veces más. Me quedé anonadada de que se pudiera presumir de algo semejante, pero no le di mayor importancia hasta que el tema volvió a salir.

A los pocos días de esa noticia, me encontré con un eurodiputado francés que volvía de Bruselas. Comiendo con él, me comentó lo siguiente:

– ¿Sabes que la Unión Europea nos paga todos los desplazamientos siempre en primera clase?
– De verdad? Le contesté asombrada, recordando de repente el incidente de Mas y Pujol.
– Si, ahora por ejemplo, vamos 50 eurodiputados al Foro Social de Senegal y todos con billete de primera. Pero no solo este viaje, ¡absolutamente todos los que hagamos! Exclamo.

Me explicó que a él le daba vergüenza ajena que los contribuyentes sufragarán ese lujo innecesario. Un día intentó comprar billetes de clase turista, pero lo único que consiguió fue una buena reprimenda por parte de los servicios administrativos del Parlamento Europeo. Por lo visto el sistema informático no admite billetes de segunda, y se negaban a reembolsarle el dinero del viaje si compraba turista.

El billete de Mas y el resto de los políticos españoles lo pagamos todos nosotros que somos los que financiamos con nuestros impuestos los partidos políticos. ¿Pretenderán que les demos las gracias por no sangrarnos?

¿De quién es la hora?

Doy clases de gimnasia con una profesora rusa. Suele dejar la televisión encendida, sin sonido, mientras hacemos abdominales. El otro día apareció Medvedev en el telediario y me dijo:

– El Presidente ha dicho que Rusia cambiará por última vez la hora en verano. En otoño no lo hará porque la necesidad de adaptarse provoca enfermedades y estrés.

– ¿Ah, sí? Le respondí sorprendida. ¿Es seguro? Me extraña que renuncien al ahorro de dinero que supone el cambio de hora.

– Si lo ha dicho el Presidente, ¡así se hará! me espetó indignada por mis dudas acerca de la palabra de su Presidente.

El cambio de hora comenzó a generalizarse a partir de 1974, cuando se produjo la primera crisis del petróleo y algunos países decidieron adelantar sus relojes para poder aprovechar mejor la luz del sol y consumir así menos electricidad en iluminación. Cogieron como excusa esa crisis, y desde el año 2001, la medida se aplica con carácter indefinido por ley.

Según estimaciones del Ministerio de Industria, el ahorro en iluminación para nuestro país es de más de 60 millones de euros. Aunque a nivel particular la cifra suena impresionante, lo cierto es que es irrisoria en comparación con los presupuestos que se manejan a nivel estatal. Solo por poner un ejemplo, en el último Plan E del año 2010, el Estado ha gastado casi el doble, 100 millones de euros en ayudas a particulares para compra de coches.

Hay derechos que no son de los Estados sino de los individuos. La hora es una de ellos. Derechos inalienables que no deberíamos dejar en manos de nadie. Derecho a la luz del día, a la oscuridad de la noche, al descanso apacible de nuestros niños y ancianos. La hora es nuestra, no del Estado.

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