Adoptar

Hace dos años decidí comprar un perro. Me enzarcé en una búsqueda desesperada de razas y tamaños y llegue a la conclusión de que lo que necesitaba era un chihuahua. Está claro, pensé, es el más pequeño y manejable para vivir en un piso. Menos mal que mi frenesí por encontrar «el perro perfecto» no me cegó tanto como para renunciar a pasarme antes por un refugio de animales. Más que nada, por si hubiese un perro abandonado de esa raza.

Me acerqué a la perrera más cercana y al abrir la puerta descubrí una jauría de trescientos perros que nada más verme no pararon de ladrar. Empecé a recorrer las jaulas dirigiendo la mirada a cada uno de ellos a través de la reja metálica que nos separaba. Hacinados, su desesperación y angustia calaba de manera brutal en mi alma. En medio de los aullidos ensordecedores, solo había una perrita en silencio. Me observó con infinita tristeza. Fue amor a primera vista. El mismo que sentí cuando conocí a mi marido.

Saber que algo está hecho para ti, que te estaba esperando.

A partir de ese momento me sentí casi avergonzada de haber buscado un perro de raza. Me juzgué tan ridícula como me lo parecería una madre que solo fuese capaz de querer a un hijo por ser rubio y con ojos azules.

Hoy todo el mundo se extraña por la calle de que mi perra me siga sin necesidad de correa. No me hace falta atarla ni pedirle que venga porque es ella la que no me quiere perder de vista.

En los colegios se deberían visitar perreras para concienciar a los niños de las ventajas de la adopción. Nadie sale indemne de semejante experiencia. Mis hijas, después de dos años, aún se preocupan y me preguntan que habrá sido de los que no pudimos salvar.

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C_Punset

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