Category - Columnas de opinion

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El patrimonio de Duran i Lleida
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Comercio con seres vivos
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Calidad humana

El patrimonio de Duran i Lleida

Duran i Lleida ha hecho declaraciones en torno al desprestigio de la clase política: «La opinión pública cree que somos una cuadrilla de vividores. Los políticos están mal vistos y, le advierto, que mal pagados. Por eso cada día es más difícil encontrar gente válida que quiera dedicarse a la política; porque nadie desea estar en el ojo del huracán». Y añade: «Si la sociedad quiere que aquí venga simplemente gente que no tenga nada de propiedad y quieren que esta Cámara al final sea una Cámara de funcionarios y de gente pobre, pues vamos por el mejor de los caminos».

Como consecuencia de esa declaración, se han sucedido una cascada de insultos y descalificaciones contra el político: «Que es un facha», «que está contra los pobres», «que es elitista y clasista», etcétera. Aunque su declaración pueda ser malinterpretada, tampoco es de recibo ese linchamiento en la plaza pública.

No hubiera salido en su defensa si no fuera porque acabo de rellenar mi declaración de bienes y actividades. La nueva ley obliga a publicar en el Boletín Oficial todos los bienes, ingresos y deudas de los representantes locales. Así que a mí, como concejal, me ha tocado. Es lógico que esos datos —como hasta la fecha— estén bajo custodia del Ayuntamiento. En caso de sospechas de enriquecimiento ilícito, se comprueba que el patrimonio del representante público no se haya incrementado indebidamente. Ahora bien, publicarlo para que la información esté al alcance de cualquiera es peligroso y, para los que tengan un patrimonio amplio, constituye un riesgo inaceptable, incluso de secuestro. Un día ocurrirá una desgracia.

Además es exigible preservar el derecho a la intimidad, a cierta intimidad. Yo desconozco los bienes e hipotecas de mi vecino, del maestro de mi hija, del quiosquero, y eso debería ser recíproco.

Obligaciones todas, pero derechos los mismos.

Comercio con seres vivos

Publicación original

A finales de los 90, la Unión Europea fomentó y subvencionó la instalación de piscifactorías en nuestras costas. La pesca mundial se estaba agotando y era necesario «reconvertir» a los pescadores en «cultivadores» de peces. Era necesario poner la tecnología al servicio de la crianza de peces en lugar de esquilmar el mar. Por eso acabamos en Altea, nuestro municipio, con una piscifactoría en pleno parque natural de Sierra Helada.

Estas instalaciones son siempre muy controvertidas. Sin profundizar en el comercio de seres vivos, cada vez más detestado, las piscifactorías no dan respuesta a toda una serie de preguntas inquietantes: la necesidad de grandes proporciones de harinas de pescado para la composición de los piensos, su despreocupación por el bienestar animal, floraciones de algas nocivas, uso de fármacos para controlar las enfermedades, contagio de enfermedades infecciosas y parásitos de las especies acuicultivadas a las que están en libertad, etcétera.

Necesitamos respuestas a esas preguntas y estamos seguros que los científicos y empresas están investigando para conseguir mejoras continuas en todos los ámbitos. El problema es que, mientras, no podremos producir de manera sostenible y, lo que es aún más grave, no podremos poner remedio al problema que a mi juicio es más triste: que la acuicultura se fomenta, fundamentalmente, porque la mar será diezmada por la irracionalidad de la sobrepesca.

Tengo un amigo que apunta algo al respecto: «Hoy por hoy, nos conformaríamos con que se tuviese más cultura del agua y agradecer todo lo que nos da, repensando lo que le damos a los seres vivos que viven en ella, y lo que dará a los que quieran vivir de ella. Por cierto, un 70 u 80% de los seres humanos somos agua y algunos incluso, con cultura».

Calidad humana

ESTE fin de semana he disfrutado de la compañía de mi prima, una profesora francesa de vastísima cultura y que ha vivido en diversos países. Desde hace meses reside en Madrid y nos ha rendido una cariñosa visita antes de regresar a su Francia natal. Curiosamente, me han llamado la atención sus constantes halagos a España, en los que me comenta que somos una mezcla ideal entre el mundo latino y el norte de Europa.
Los italianos (vivió 10 años en Roma) son también amables y alegres, dice, pero el país está carcomido por la corrupción. En cambio, constata que nuestro sistema de transporte va sobre ruedas. Los trenes son puntuales, los aseos están impecables, todo es profesional, nada chirría. Y es que la vida aquí resulta infinitamente más humana, más amable que en Francia, donde la amenaza de huelga, la indignación y el enfado son perennes.
Adora las tapas, imposibles de encontrar en Europa, esa forma tan española de encarar las comidas. Con ellas saboreas la libertad: gastar poco o mucho según convenga; sentarte, o disfrutar de pie, y hacerlo en cinco minutos, o en un par de horas, dependiendo del tiempo y la buena compañía.
Andando por la calle, observa que la gente no tiene miedo, y ella sabe que la ausencia de miedo es un rasgo primario de la felicidad. Le llama la atención la falta de esnobismo, la amabilidad de la gente en las relaciones humanas y profesionales. Le parece asombroso que la familia, que la persona con mayúsculas, siga siendo el centro de nuestras vidas.
Me ha sentado bien escucharla. Los graves problemas económicos, políticos y sociales que azotan el país nos hacen sojuzgarnos muy duramente. Por eso viene bien que alguien nos recuerde que nuestro país funciona, y que incluso se distingue por su calidad humana.

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