El lujo

ALGUNAS personas piensan que el lujo consiste en hospedarse en hoteles de cinco estrellas, tener relojes de oro, yates y accesorios de grandes marcas. Sin embargo, este concepto se está quedando anticuado y cada vez somos más los que consideramos que el lujo tiene mucho más que ver con los grandes espacios, el silencio, la naturaleza en estado virgen y disponer de tiempo para uno mismo.

El mundo se está convirtiendo en una gran megalópolis. El hecho de vivir en una sociedad mayoritariamente urbana y consumista es algo nuevo para la humanidad. Si hace cuarenta años existían dos ciudades de más de diez millones de habitantes, hoy podemos contar más de treinta. Vivimos una orgía permanente de consumo. Somos bulímicos porque más que consumir nos consumimos, nos devoramos, no nos privamos de nada. Si hace falta comer cerezas en el mes de enero, las traeremos de la otra parte del mundo, sin percatarnos de que estas actitudes contaminan y perjudican nuestro entorno.

Yo soy la primera llena de contradicciones y dudas pero tengo una sola certeza: la gravedad de la crisis ecológica es tan grande, que es urgente convencer a la gente que ha llegado la hora de que todos juntos pongamos límites al exceso, que lo superfluo pase a ser considerado de mal gusto, inmoral. ¿Realmente seríamos menos felices si sólo pudiéramos consumir productos locales y de temporada? ¿Y si nuestros coches no pudieran ir a más de 100 de Km/hora? Estoy segura que esas renuncias no afectarían a nuestro bienestar. Pero para decidir entre todos pactar algún límite a nuestra esquizofrenia consumista habrá que cambiar nuestro concepto del lujo, volver a una sencillez voluntaria, a una sobriedad feliz.

Como decía Kennedy, escépticos y cínicos nunca resolverán los problemas del mundo. Se necesitarán hombres que digan ¿Y por qué no?

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C_Punset

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