El ruido

Debajo de mi casa, se han organizado conciertos en vivo casi todas las noches de este verano: El Ayuntamiento lo promueve, se supone que atrae turistas.

Debajo de mi casa, los petardos y las «despertàs» de las fiestas patronales han sacudido los cimientos del edificio y han hecho tiritar de miedo a mi perro durante todo el mes de septiembre.

Debajo de mi casa, se celebró la semana pasada una verbena que empezaba a la una de la madrugada y acababa al alba.

Debajo de mi casa, ayer se celebró las 24h de fútbol sala incluida toda la noche, claro, y tuvimos que sacar los colchones al pasillo para intentar descansar.

Debajo de mi casa, hoy empezará un concierto a las doce de la noche, también auspiciado por el Ayuntamiento.

Aunque lo parezca este relato no es una broma, es un ejemplo significativo de lo que tenemos que soportar yo y otros muchos ciudadanos de la Comunidad Valenciana. Infinidad de actos lúdico-festivos a horas intempestivas que perturban la paz, desconcentran, e impiden reflexionar y descansar.

Lo peor es la intervención de los amplificadores. En manos de los Ayuntamientos se convierten en armas de destrucción masiva de las que no se puede escapar porque los altavoces dispersan el ruido hasta el último rincón de la casa.

Como decía el Jefe Indio americano de Seattle de la tribu Suwasmish al Presidente de los EEUU en 1855: «No lo comprendo. No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde pueda escucharse el desplegarse de las hojas en primavera o el orzar de las alas de un insecto. El ruido de la ciudad parece insultar los oídos. Los indios preferimos el suave sonido del viento. Pero quizá sea así porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas».

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C_Punset

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