Jugamos a trivializar

Esta cita la leí este fin de semana en un dominical:
«Hacer ejercicio siempre sienta bien. Conoces a gente, te relacionas. Puedes hacerlo solo, en pareja, en grupo…. Con el sexo es lo mismo, salvo que no tienes que ponerte el chándal. Más cómodo que el gimnasio y mucho más divertido, dónde va a parar!». Al chocante titular del reportaje – ¿Porqué el sexo es el mejor ejercicio? – se añaden otros comentarios que ponen de manifiesto hasta que punto nuestra sociedad desvincula el sexo de la afectividad.

Habrá quién piense que trivializar el sexo no tiene mayores consecuencias. Sin embargo, yo creo que sí. Me aterra pensar que crías de trece años con cuerpos de mujer inicien relaciones que les pueden marcar de por vida. Los padres, en general, hemos perdido el norte y tendemos a mirar para otro lado. Conozco a muchos que admiten que sus hijos, aún niños, hagan botellón los fines de semana. Según los últimos estudios, un 93% de los jóvenes españoles afirma que su principal «hobby» es salir a bares y discotecas en detrimento de los libros y el deporte. No hay nada que fastidie más a un adolescente que ser diferente y, como la mayoría lo hace, todos nos vemos abocados a dejarlos seguir la corriente o a discutir a muerte con ellos.

En nombre de la libertad habrá quién niegue que en la vida debe haber límites. Hasta hace poco la religión nos imponía unos valores morales y unas reglas que por lo general se mostraban excesivamente rígidas y desfasadas. La respuesta pendular de la gente ha sido la de arramplar con todo tipo de valores sin remplazarlos por otros creando una sociedad débil y sin asideros morales. ¿El sexo ejercicio? El sexo sin amor no vale nada, o al menos, vale mucho menos.

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C_Punset

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