La cultura del silencio

Ayer por la noche llego a mi casa a las dos de la madrugada, ¿y que me encuentro debajo del portal? Jóvenes tocando los bombos y haciendo botellón. Intento calmarme, ponerme en su lugar, pero no lo consigo porque recuerdo perfectamente que a su edad siempre me dominaba el temor a molestar.

Generar ruido es una afición típicamente española. Ese empeño abarca casi todos los ámbitos: petardos, fiestas, obras, motos con tubos de escape manipulados, conversaciones a voz en grito en la calle, televisión a todo trapo en cafeterías, música a todo volumen etc…. Para muchos la justificación a esta peculiaridad es que sin follón no hay fiesta, y sin parranda, no hay diversión. Medio país practica esta ecuación, y el otro medio la sufre con paciencia. Los sufridores, aunque menos ruidosos, cada vez somos más, y se acrecienta nuestro hartazgo.

Los últimos estudios señalan España como el segundo país del mundo -solo por detrás de Japón- con mayor nivel de contaminación acústica. La fomentan no solo las personas, sino también instituciones públicas como los ayuntamientos. Los que vivimos en la Comunidad Valenciana bien los sabemos.

Uno de los factores que también contribuye de manera decisiva a la propagación de la cultura del ruido son los horarios de salida nocturnos. No existe otra nación en el mundo con la costumbre de pasar tantas noches en blanco. Es habitual entre los jóvenes no pegar ojo los fines de semana hasta las seis o las siete de la madrugada. El derecho a emborracharse y rayarse, versus, supuestamente divertirse, está por encima de todo.

Los que tenemos que levantarnos al día siguiente para trabajar, los niños, los ancianos, los que no hacemos ruido nos rebelaremos un día de estos, y el día que eso ocurra, se sorprenderán, porque aunque no se nos oye, somos mayoría.

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C_Punset

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