La empatía

Ayer había circo en Altea. Mi hijas querían ir y sus abuelas las animaban al otro lado de la línea telefónica para disfrutar de ese espectáculo que destila nostalgia de otros tiempos. A mí, en cambio, no me parecía acertado ese plan, pero explicarles la razón les iba a resultar difícil de digerir a dos niñas de nueve y doce años.

Por eso claudiqué y esperé tranquilamente a que volvieran. Al abrir la puerta observé a la pequeña que sollozaba. Me explico que se había reído de lo lindo con el payaso Fofito, pero que estaba desconsolada por como trataban a los osos.

Me contó que esos tres osos siberianos se veían obligados a andar de manera antinatural y con mucho esfuerzo sobre dos patas, a hacer volteretas e incluso a pasearse con una bandera española en honor al mundial. Describía con pelos y señales la tristeza de sus ojos, su mirada pacífica y acobardada ante los latigazos del domador.

No es fácil ser madre ni educar. Uno a veces no tiene claro lo que tiene que prohibir o permitir a sus hijos. Pero ese día me alegré de haberlas dejado marchar, porque me di cuenta que ellas mismas, sin interferencias, se habían puesto en el lugar del animal. A eso, a percibir lo que otro ser pueda sentir, se le llama empatía.

Supieron, sin que yo se lo dijera, que esos animales deberían estar disfrutando de su vida en libertad, en su hábitat, sin recibir golpes ni estar sujetos a la abominable tiranía del ser humano. Ya no hará falta prohibírselo, son ellas las que no querrán ir más a un espectáculo donde se exhiba y maltrate a los animales. Afortunadamente, esa rémora del pasado deja paso a espectáculos modernos como el Circo del Sol, donde el único protagonista es el ser humano.

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C_Punset

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