La importancia del silencio

En un país como el nuestro en el que hacer ruido se considera un derecho fundamental, nadie cae en la importancia de los silencios. Nadie enseña a reservar el tiempo necesario para aprender del silencio, sin hacer ruido, empecinados los que lo hacen en que los demás se enteren de su existencia.

En Oriente esa afirmación del «yo mismo» está mal vista. Se considera brutal e innecesaria. Comen, visten y andan de manera más delicada. Asienten de manera sutil, sin dar voces, con un gesto de manos y cabeza: «Namaste». Muchos meditan.

Supongo que en Occidente tardaremos décadas en comprender la importancia del silencio. Manejarlo exige un aprendizaje. No hay más que escuchar los mejores discursos de Obama para sentirlos porque no hay mejor forma de dar relevancia a lo que se va a explicar, que hacerlo tras una pausa. En cambio no hay nada más mareante que soportar a alguien hablando a borbotones.

La educación española, tanto en el colegio como en la universidad, está plagada de palabras. Muchos de mis profesores de Derecho se perdían durante horas en disquisiciones teóricas que aburrían a todo el mundo. Tanto en las relaciones personales, como en la docencia, resulta obvio que si hablas demasiado no te vas a enterar de lo que busca el otro. Tampoco te vas a enterar de lo que es el otro.

No vas a poder sacar lo mejor de la persona que te atiende porque no la oyes, no la escuchas, no la estudias, solo estás pendiente del burbujeo de tus vocablos, de tu monserga. No se debe predicar a todas horas. A nuestros hijos les deberíamos enseñar, no solo a dividir, escribir y dibujar, sino a reservar un espacio del día para la reflexión y el silencio. Eso ayuda a que fructifiquen los conocimientos

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C_Punset

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