La naturalidad

Hay que ver la importancia que le da la gente a tu aspecto, a cómo vayas vestido y peinado, a «las pintas» que lleves, vaya. Recuerdo cuando el periodista Lorenzo Milá empezó a presentar el telediario de TVE. ¡Se armó una escandalera porque aparecía sin corbata! En una entrevista leí que tuvo que ponérsela porque “influía en las audiencias” ya que llevarla inspiraba una mayor credibilidad.

Las mujeres no andan mucho mejor, claro. Veo a la Princesa Letizia, Rania de Jordania y otras señoras con gran repercusión mediática encaramadas en unos altísimos tacones, y no logro entender cómo lo aguantan. Cualquiera que los haya probado sabe que son instrumentos de tortura. En este sentido y salvando las distancias, nuestro masoquismo parece no diferenciarse mucho de la antigua costumbre china de «los pies de loto», donde se trataba de vendar firmemente los pies de las niñas desde los cuatro años de edad, doblándolos hacia dentro en forma de cuña de manera que alcanzaran diez centímetros de longitud como máximo. Estaban sometidas a un dolor insoportable que las obligaba a permanecer recluidas en casa.

Yo, en cuanto veo gomina, corbatas, tacones descomunales, pantalones tan ceñidos que no permiten respirar o cualquier signo que denote falta de naturalidad, sospecho. Sospecho que a la persona que se esfuerza le importa demasiado el “qué dirán». Sospecho que la persona que hace añicos sus pies y su espalda se siente sojuzgada por la sociedad que da una importancia desmesurada a las apariencias. Sospecho que la persona que realiza ese sacrificio piensa que será mejor considerada por los que le rodean.

Creo que todos deberíamos ir vestidos limpios y “aseaditos” pero, por encima de todo, cómodos. Me inspira confianza la naturalidad, es evidente que denota sinceridad y franqueza, realidad sin artificios.

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C_Punset

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