Las amapolas

Acabo de regresar de los campos que flanquean las montañas del Atlas marroquí donde he podido contemplar campos de amapolas parecidos a los que pintó Monet en 1873. Es lo que tiene viajar, que a ratos puede parecer pesado por las esperas en los aeropuertos y las incomodidades propias del traslado y a ratos la vista te colma de buenos recuerdos que te acompañan en la memoria por mucho tiempo, como esas flores rojas.

Cuando percibí esa marea granate, me di cuenta que hacía mucho tiempo que no veía amapolas en nuestro campo y que las echaba de menos. Y es que esa flor encarna la fragilidad de nuestro ecosistema. Tan llamativa y al mismo tiempo tan frágil, suele desaparecer en parajes donde la química ha intervenido en el proceso biológico de la naturaleza. Volvieron a mi memoria recuerdos de infancia, como las mariquitas corriendo por mis dedos. Antes se encontraban por todas partes mientras que ahora, mis hijas, solo ven alguna muy de vez en cuando.

Aunque parezcan problemas distintos no lo son y todos están relacionados con el uso excesivo de productos fitosanitarios. Con los herbicidas y plaguicidas no solo acabamos con la plaga que buscamos combatir, sino que matamos todo lo que pillamos a nuestro paso. ¿Querías fumigar para hacer desaparecer al pulgón? De paso te has cargado a la inofensiva mariquita que es su principal depredador. ¿Querías que se esfumaran todas las malas hierbas de tu huerto con el spray? Lo has conseguido, has acabado con todas, incluidas las amapolas, que no sobreviven al herbicida.

La industria agroquímica «ha hecho caja» durante los últimos cincuenta años convenciendo al personal de que era indispensable fumigarlo todo. Nos pasaremos los próximos cincuenta dando la receta inversa para poder luchar contra la pérdida de la biodiversidad.

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C_Punset

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