Los listos y los tontos

El otro día tuve la ocasión de mantener una conversación surrealista con un ex concejal de un pueblo cercano al mío. La discusión giró en torno a la utilidad del «concurso público» como mecanismo de contratación, ya que habíamos licitado un concurso importante en nuestro municipio. Según él, el concurso es un método de contratación que permite, bajo una apariencia de legalidad, lograr que salga elegida la empresa que deseas. Para ello tienes que indicarle al técnico municipal, que es quien debe redactar las bases, la empresa que quieres contratar e inducirle a componerlas de manera que la empresa ganadora no pueda ser otra que la preferida por el político.

El cinismo con el que planteaba esta teoría me sublevó. Intenté rebatirle, porque yo estaba segura que en el concurso del que hablábamos había ganado la mejor oferta, sin que hubiese habido ningún tipo de planificación ni sugestión previa por parte de ningún político.

-¡Imposible!- me dijo en un primer momento, pero al observar mi cara comprendió que estaba hablando en serio. Asombrado, me miró como se mira a quien, de tan ingenuo, resulta bobo, y continuó: «Transparencia, libre concurrencia, esos principios clásicos de la contratación administrativa son un cuento chino ¡El político si es competente tiene que saber lo que quiere, y trabajarse a quién haga falta para conseguirlo!»

Según las estadísticas, España tiene el dudoso honor de ser uno de los países más corruptos de la UE junto a la mafiosa Italia, Chipre y Portugal. Los valores fundamentales de la cultura democrática, entre los que se cuentan la transparencia y la libre concurrencia, deberían anteponerse siempre a los criterios del político de turno. Creer lo contrario, tomar por listos a los corruptos y por tontos a los honestos, es un sin sentido, por desgracia, muy generalizado.

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C_Punset

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