Mi playa de la Vila

Hoy me he dado el primer baño del verano. Hemos ido toda la familia hasta Villajoyosa, una de mis playas favoritas. Hace más de veinte años que la conozco. Tomarse un arroz negro en su paseo marítimo a unos cuantos metros de la arena es uno de los muchos placeres de la época estival. Me gusta por su primera línea de casas rústicas de colores. Se saborea en el ambiente algo auténtico, un halo de la España cañí, esa en la que te puedes pedir a voz en grito en un bar “¡una de boquerones!”.

Hacía tres años que no pasábamos por ahí porque estaban de obras. Los restaurantes han padecido con ellas un calvario que llenaba de polvo y ruido sus terrazas y que hacía imposible acoger a los turistas. Ministerio y Ayuntamiento han invertido ocho millones de euros en transfigurar todo el entorno, o por lo menos, eso pone en los carteles que han plantado al lado de las hormigoneras. ¿Y todo para qué? Para construir un parking desproporcionado que estará lleno un mes al año, en agosto, y vacío el resto del tiempo.

La dueña del restaurante se lamentaba porque el pavimento de la acera, de un triste gris antimediterráneo, es poroso y por más que lo lava, absorbe toda la suciedad. La falta de sentido práctico de los urbanistas y arquitectos encargados de planificar desde los ayuntamientos es una constante. Debe ser que eligen el material sobre catálogo desde su despacho. A eso se suma el mal gusto imperante, que permite que sustituyan unas farolas antiguas de hierro forjado por unos tubos negros con focos de tipo moderno.

Invirtiendo un dineral, han conseguido afear la primera línea, empeorarla. ¡La cosa tiene su mérito! Por desgracia este no es un caso aislado sino más bien una constante en nuestra comunidad.

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C_Punset

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