Opinión propia

ACABO de salir del Pleno de este mes en el que participo como concejala y, como siempre, con la sensación de haber malgastado mucho tiempo. Es como una obra de teatro mala con un final escrito «a priori».

Las sesiones plenarias de los ayuntamientos y, en general, los debates parlamentarios de este país son el resultado de una degeneración de la democracia, en la que los partidos políticos han secuestrado la opinión propia de sus cargos electos porque estos se deben a la disciplina de voto.

Todos llevan su discurso preparado con anterioridad. Nadie espera debatir, escuchar ni mucho menos ser convencido por ningún argumento por muy razonable que sea. Votar en contra de lo que dicta el partido haría temblar los cimientos de la partidocracia y, de paso, haría tambalear su puesto; a eso hay que sumar las sanciones disciplinarias previstas por los estatutos de los partidos.

Observo con envidia democracias más antiguas, particularmente en el mundo anglosajón, que disfrutan de listas abiertas. Ahí no conciben usurpar a los cargos electos, su independencia y su derecho a votar en conciencia. Eso permite enfrentarse a un debate sin tantas ideas preconcebidas y nos deja incluso (¡oh, traición!) cometer el pecado de cambiar de opinión.

Es un clamor que la distancia entre la ciudadanía y la clase política es cada vez mayor. En gran medida se debe a que el concejal, el senador o el diputado, está sometido al órgano directivo de su partido en lugar de al elector que le votó, y acaba anteponiendo los intereses del partido a los intereses generales de la ciudadanía.

Existe otra manera de hacer política. Se puede rivalizar sin atacar de manera tan previsible y contumaz al oponente. La democracia no consiste en aplastar al adversario sino más bien en conseguir acuerdos. Pero el sistema tendrá que dejarnos debatir, argumentar y convencer, tener en fin una opinión propia, una opinión libre, una opinión inteligente.

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C_Punset

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