¿Pesadilla o política?

REGRESO de Alicante en coche y enciendo la radio. Cuentan que se van a devolver las competencias urbanísticas a Catral, único pueblo de la Comunidad al que le fueron retiradas por haber tolerado -entre otras cosas- la construcción de miles de casas diseminadas en suelo no urbanizable. Pienso, ingenuamente, que habrán arreglado la situación y derruido todas esas viviendas ilegales. Pero pronto me doy cuenta que lo que el locutor presenta como una buena noticia es una auténtico desastre. Esto es, se ha llegado a un acuerdo para que la mayor parte de las construcciones sean legalizadas de manera que los propietarios no sufran perjuicio económico. La consecuencia es clara: por un lado se anima al personal a cometer ilegalidades porque la impunidad es total, y por otro, nos olvidamos del verdadero sufridor, el damnificado sin voz, nuestro paisaje.

En la Comunidad quedan solo 34 kilómetros de costa sin construir. Y en vez de tomar medidas radicales de protección del territorio, en lugar de acabar con todas las edificaciones ilegales, nos dedicamos a refrendarlas. Mientras tanto, el turismo ha caído un 20% más en nuestra comunidad que en el resto de España. Y el turismo residencial de calidad, el que deja más dinero, se escapa a otras latitudes donde el hormigón no se ha convertido en elemento dominante del panorama. Y nadie parece preguntarse por qué a nosotros nos va peor que al resto. La respuesta tiene que ver con que la fiebre urbanística ha sido particularmente destructora en la Comunidad. La calidad medioambiental, el paisaje y el turismo están relacionados.

Llego a casa y echo mano del periódico, leo: «Treinta alcaldes de Málaga piden una nueva ley urbanística para dar solución a más de diez mil viviendas construidas en suelo no urbanizable». La historia se repite. Parece una pesadilla, pero sólo es política.

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C_Punset

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