Sabor de aquí

Publicación original: ABC, 6 de febrero de 2010

No sé si soy la única pero cuando compro en el supermercado miro de forma incisiva las etiquetas. Solo compro naranja de origen valenciano. No me pierdo ni una leyenda de los ingredientes para intentar evitar al máximo los aditivos y conservantes; es ver un E- 420 o similar, y devuelvo ipso facto el producto al estante. Ni me planteo llevarme huevos si no son de gallinas camperas criadas al aire libre.

A la hora de la compra hay que estudiar para que no nos tomen el pelo. Para satisfacer el consumo masivo no se respeta el proceso de crecimiento ni el punto de maduración de la fruta. No hay más que probar un níspero de una gran superficie; enorme y liso por fuera pero duro y ácido por dentro. Encontrar un tomate con sabor y olor se ha convertido en misión imposible. Cada vez es más complicado encontrar sandías que sepan a algo más que agua.

Los consumidores tenemos derecho por ley a exigir que en la etiqueta de cualquier producto figure la variedad. Resulta paradójico que podamos distinguir entre una manzana «Fuji», una «Golden» o una «Reineta» y que en el país de la naranja, no sepamos si lo que estamos comprando es una «Valencia Late», una «Navelina» o una «Washingtona». También tiene que estar etiquetado el país de origen. Es más sano y ecológico apostar por el consumo de productos locales. En Francia los llaman «Les produits du terroir» que significa literalmente «los productos de nuestra tierra». No basta con que sean propios del lugar sino que se exigen altos estándares de calidad.

El consumidor debería aportar inteligencia y leer lo que compra para comer mejor. Eso forzaría un cambio en nuestra sociedad consumista obsesionada con dar valor únicamente al aspecto y al precio, olvidando la esencia, el sabor.

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C_Punset

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